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Tan amada calle Balmes

                             Mientras sorbíamos recuerdos humeados de moca

– mientras nos contábamos –

nuestras soledades se fundían en sexo,

dos inviernos más fríos nuestros cuerpos.

Corazones de piedra,

proclamas, sonoro gemido de esperanza

al chocar de nuestros encuentros.

Pero nuestras piedras no hacen fuego y

siempre lo hemos sabido,

acaso te quiero.

Pudiere pero no quisiere, en un acto de

egoísmo,

compartido,

antes compartir recuerdos que casarlos.

¿Cómo la culpa puede hacernos tanto daño?

Mientras sorbíamos café humeado de recuerdos

– mientras nos contábamos –

allá en aquel café de Balmes,

dos inviernos más fríos nuestros cuerpos.

El tiempo raro, 2003

“El tiempo raro es un libro honesto, cargado de vida, sin los aspavientos verbales ni los fuegos fatuos ideológicos tan caros a la juventud aprendiz”.

“El tiempo raro reflexiona, ante todo, sobre el tiempo. Hasta ahí, Brotons no se mueve un ápice del guión universal de la literatura”. “Pero la reflexión sobre ese particular implica, por supuesto, dar cuenta de lo que, con el paso despiadado de los años, representa, al decir de José Ángel Valente, “una lenta desposesión”. “Vivir es fácil. Arduo, sobrevivir lo vivido”, apuntaba Valente”

“El deseo es otro de los acicates para escribir: espléndido fruto de jugo amargo, que siempre acaba por desazonar”

“En este libro yo diría que late un corazón, que se retuerce una inteligencia, que una piel siente escozor. Me parece una obra de una rigurosa humanidad, una fiel veleta que va apuntando nortes muy diversos, con ese prurito inicial de la juventud del “arribar y no quedar” hasta esos poemas finales en los que el autor parece haber logrado un equilibrio plausible para el fiel de la balanza del tiempo. Entremedias, versos ingeniosos a veces (“hoy me has dicho que eres como el mar / inabarcable”: tiempo y lengua, sustancia del poema), brillantes otras (la lluvia se convierte en “alfileres de llano mecanismo [que] suturan / el quehacer a la mañana); lúcidos y hermosos, las más de las veces (“Pero nuestras piedras no hacen fuego y / siempre lo hemos sabido, / acaso te quiero”)”.

DEL PRÓLOGO DE JORDI LLAVINA