La vocación de portero de discoteca: tú sí, tú no; la vocación de un país, la frase más anhelada. Judíos, moriscos. Dice el portero en sus razones que por prohibir se prohibe preventivamente, aún no habiendo cuerpo velado; pero ya vendrán. Tú sí, tú no. Dice. La taberna aplaude. Lo velado es lo contrario de la democracia. De ahí viene eso de oir misa: eso tan extranjero. Una se casa con Dios, que es hombre, y los ojos de cualquier caballero pierden esos hermosos cabellos. No sea cosa.  Uno la lleva entonces a los toros y le pone la mantilla, esa tradición que nos quieren imponer, como antes a su abuela le habían puesto el velo entero por encima, en los entierros y en las bodas, como ahora se empeñan en que nuestras monjas se cubran y se encierren (para que sólo Dios -que es su hombre- se atreva con su perfume). Pero dice el tabernero que eso se tiene que prohibir -no sea cosa- porque prohibiendo desaparecieron nuestros particulares burcas de antaño, y los capirotes velados de los nazarenos, y las mantillas, y las monjas de clausura y todo eso que desde hace tanto nos vienen imponiendo. Si quieren velarse que se vayan a su casa que aquí siempre habíamos sido demócratas hasta que nos volvieron religiosos.

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