Ha salido la mañana con la intención de pasar un espléndido día, mezclarse entre el bullicio, saborear esa Barcelona imbuida de primavera. Es la época del año que más celebra. Mirar sin ser visto, escuchar sin ser oído. Naufragar si apetece en un aparador de libros, de los que hoy encuentra miles. Piensa qué bueno si todas las palabras que puede uno encontrar hoy en su ciudad fueran leídas. Pero están casi solamente a merced del comercio. Lástima, comenta, hoy ha acabado siendo el día del empresario. Sin saber cómo, se encuentra metido en un batiburillo de personal. Por Sant Jordi ya pasan estas cosas, se dice, cuando de repente nota el papel arrugado que alguien acaba de poner en la palma de su mano. Se gira, escudriña, empuja pero es incapaz de localizarlo. Una intuición, cuando ha salido de casa, le ha cosquilleado el estómago. Me lo voy a encontrar, hoy es el día, se ha dicho y luego la ha olvidado. Me lo voy a encontrar precisamente el día del empresario. Ahora sabe con certeza que el pasador de versos clandestinos le ha escogido. No los podrá leer hasta llegar a casa, no sea cosa…

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