Tengo la calefacción muy alta.  Donde escribo, en este despacho-refugio, percibo estos días -claramente- la certeza de que no estoy hecho para el calor. Desvivo, con la canícula; valencia curiosa para quien viene del sur; de nuevo esa sospecha genética que recae en los ojos, en la barba roja y en el (no) color de la piel.

Esa alta temperatura, que me acompaña cada año hasta bien entrado octubre, concierne también a mi decir la vida, a mi compás de vida, a mi hacedor de días, muy a mi pesar.

De aquí a octubre, el consuelo del ocaso de las tardes. Eso, y la amistad.

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