El último post, el 3 de marzo. El último fotomatón que conozco, el de los FFCC de Sabadell lo acaban de clausurar; lo han hecho desaparecer, vaya, que lo han quitado. Los instantes, la apropiación del instante, ya ha pasado a otro lugar: más cibernético. Le he hecho una foto con mi móvil.

Recuerdo los fotomatones como la manera de captar un momento; la manera única que teníamos, una tecnología -la de la polaroid- que ha sido completamente superada.

Cuando bajo las escaleras de la estación -estos días- hacia las vías, en el replano donde estaba instalado el fotomatón veo con desconcierto el hueco de la máquina. Es una llaga, una herida del paso del tiempo que se curará en cuanto otro artilugio lo substituya.

¿Cuántas fotos felices, gilipollas, amargas, cretinas, nos hemos hecho en esos aparatos?

El apropiacionismo, antes – y con el fotomatón- era público, escénico. Ahora es invisible a ojos vista; lo hemos trasladado al ámbito privado. O no. Pero está claro que se ha movido. Menos mal que nos queda Facebook, que nos recuerda aquellas fotos infames y los comentarios que una foto de pareja o de amigos, en un mítico fotomatón, provocaban entre el respetable.

Bienvenido apropiacionismo. Bienvenida fotografía.

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