Cuando era pequeño y nos sentábamos a la mesa para comer, en aquella galería que me presentó al sol y la luz como compañeros imprescindibles de mi vida, recuerdo un mantel con especial cariño. No era uno de gala, sino el de los domingos que no contaban, de uso cotidiano, de lo que venimos en llamar de estar por casa. En él había unos rombos que dibujaban, uno detrás de otro, unas cenefas; separados por colores: los había rojos, verdes, grises, azules, amarillos quizá.

No sé porqué, me recuerdo ensimismado, con los ojos clavados en los rombos de colores. Y mientras la conversación de la mesa, de mis padres y hermanos, se iba desarrollando con más o menos armonía, yo me hallaba ajeno, concentrado en atribuir una ciudad a cada color de rombo. Barcelona eran los de color gris, Vilanova los verdes, mientras que para los azules y amarillos no atino a decidir para qué otras los tenía reservados.

Color y lugar habitado, es lo que pienso que era ese ejercicio tan simple y que repetí hasta que aquel mantel desparació al mismo tiempo que dejábamos la galería por el comedor, los domingos de invierno.

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