Sin herida no hay escritura. Uno sabe que está a punto de sumergirse en una obra cuando la herida y la piel empiezan a escocer. La obra será, entonces, «el milagro de la herida» (Jabès).

Ello viene a cuento por un poeta de raza que acabo de descubrir.

Pista 1: «Una ciudad es un estado de ánimo. Por eso, dependiendo del lugar donde me encuentre mi visión de la realidad varía. Existen ciertos sitios que me dirigen, incluso, mi forma de pensar. Las ciudades son mis verdaderos adjetivos.»

Y las lenguas, me atrevo a añadir; son también lugares, artefactos para connotar un espacio y tornarlo lugar, sentido para el lector.

Pista 2: «…la creación literaria supone una particular caída al vacío. Por eso, me interesan los escritores que son capaces de trasmitir su visión personal de lo que encuentran en ese descenso hacia sí mismos. Poetas que nos enseñan a mirar e interpretar lo que nos rodea, sea un lugar que conocemos o un territorio que nos resulte ajeno. Claro, esto no atiende a modas, ni a tendencias, ni a grupos generacionales ni a promociones poéticas. Es una actitud, o mejor aún: un carácter, como lo definía César Simón. En la poesía española actual hay escritores que se han conformado con pertenecer a tal o cual grupo, y otros que han comprendido las palabras de Simón».

Es decir, la conjura de la desaparición; la persecución del abismo de uno mismo, del tema verdaderamente literario y artístico. Es lo importante lo que cuenta, no lo que se narra o cómo se haga: la mirada conque uno se atreve a enfocar.  Sin la desaparición no existiria el impulso de escribir o de pintar.

Hablo de ese poeta que es Alex Chico, a quien la necesaria web Firmas invitadas de DVD Ediciones le dedica su última aportación.

Para  muestra:

CIUDAD DEL HOMBRE

Volvería a este lugar
si lo hubiese habitado.
Buscaría mi exacta conciencia,
recordando nuevamente mi rostro
en cada esquina.
Ocuparía el atardecer
para que la ciudad me retomara,
rescatándome desde la tierra,
si pudiera,
como a un hijo suyo.

Si perteneciera a este paisaje,
plegado entre los valles que la concentran,
la voz de algún pariente me reconocería,
y volvería a hablar conmigo.
Yo me sentiría un ser prolongado,
asumido entre su especie.

Pero nunca he habitado este lugar,
mi paso por aquí no es más que un espejismo.
No he construido esta tierra,
ni puedo ocupar –es imposible – el silencio que la nombra.
Las aguas que la circundan no me pertenecen
y las voces que creí escuchar de mis parientes
anuncian, en otra ciudad, el final de este viaje.

(de La tristeza del eco, Editora Regional de Extremadura)

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